Lo acontecido esta semana en el Congreso español nos remite a lo más chusco de la política. Entre acusaciones de pucherazo y tamayazo, las derechas y las izquierdas fetén se entretienen unas a otras sin solución de continuidad. Al final, la gran operación de apoyo a la clase trabajadora liderada por la comunista Yolanda Díaz ha pasado la prueba gracias a un voto equivocado de un diputado del PP, para más inri acusado de corrupción en su época de alcalde de Trujillo. La anunciada derogación de la reforma laboral decretada por Mariano Rajoy y Fátima Bañez en el 2012, se ha trasmutado en un afeitado, como aquel que se hacía a la reses bravas para tener contentos a las figuras del toreo. Se limaban las partes más puntiagudas de los cuernos y asunto concluido.
| Pedro Sánchez, Nadia Calviño y Yolanda Díaz. Foto: El Plural |
La oportunidad de acabar con un mercado laboral presidido por la precariedad, la temporalidad y la barra libre para el empresario, se ha vuelto a perder gracias al papelón de la ministra de Trabajo, bien arropada en esta ocasión por los sindicatos del régimen y la patronal. Esta última advirtió que si se tocaba una coma del texto acordado rompía el pacto y así ha sido. No se ha tocado una coma, es verdad, pero el decreto-ley ha salido adelante con los votos de los partidos del Gobierno, la supuesta izquierda, y de partidos conservadores como Ciudadanos, PDCat, PRC o Coalición Canaria. Para ser una reforma de izquierdas no está mal la cantidad de tontos útiles reunida para la ocasión.



















