2026/02/08

Esplín de tiempos pasados

Pese a que no se aprecien en superficie, las heridas del pasado permanecen sin cauterizar a pocos metros de profundidad. Las aguas del pequeño lago que hemos dado en llamar Euskal Herria siguen envueltas en la sombra. Es difícil superar un conflicto de tan largo recorrido y estoy convencido de que una mínima desestabilización institucional podría hacernos volver a la casilla de salida por un tiempo.

Novecento. Foto: Wikipedia



No se trata de llamar a la revuelta, al motín, sino de poner en claro algunos asuntos pendientes que convendría superar. El reconocimiento del otro es, en ese sentido, algo fundamental. No hace falta que un ex preso político se aliste en la Guardia Civil, ni que un miembro de la fuerza armada se transforme en un radical independentista. Tan solo se necesita dar un paso al frente y que todas las partes implicadas asuman su responsabilidad en lo sucedido. Hasta el momento tan solo ETA ha dado ese paso, reconociendo todas y cada una de las muertes ocasionadas por sus acciones armadas, incluida la de la cafetería Rolando en la calle del Correo de Madrid.
Estamos en el año 2026, han pasado más de 14 años desde el anuncio del cese de la actividad armada por parte de ETA el 20 de octubre de 2011, pero todavía cuesta hablar de ciertos asuntos relacionados con el conflicto, en especial sobre la práctica sistemática de la tortura y los malos tratos en cuarteles y comisarías y también del ejercicio de la guerra sucia o terrorismo de Estado por parte del aparato estatal español. Y habría que añadir un tribunal de la verdad que analizase la actuación genocida del Tribunal de Orden Público (TOP) franquista, reconvertido a prisa y corriendo en la actual Audiencia Nacional, heredera natural de aquel.

Más allá de las circunstancias políticas concretas y de las correspondientes valoraciones por parte de unos y de otros, me gustaría anotar en este blog un sentimiento compartido por muchas personas de este país. Hablo de ese esplín del título de esta pieza, una especie de melancolía de unos tiempos que no volverán. La añoranza de un momento histórico que no retornará, un momento en el que todo parecía posible, en el que una buena parte del pueblo vasco creyó en la posibilidad de un orden nuevo, alejado de las miserias que se han tenido que sufrir por la cerrazón mental del Estado español, incapaz de dar una salida digna a la presencia de verdaderas naciones dentro de sus fronteras.

Siempre imaginé el momento mágico en que se había consumado la victoria en la ensoñación de una muchedumbre caminando con paso firme hacia el Ayuntamiento de Bilbao, donde se procedería a proclamar la república vasca de mujeres y hombres libres. Ese era el episodio de que guardaba en mi inconsciente, al confiar en la posibilidad de la victoria. 

Muchos años después de aquellas ensoñaciones juveniles de los años setenta y ochenta, nos encontramos con la pura realidad, tozuda como ella sola, que nos dice que la fiebre independentista se halla bajo mínimos, inmersa en una larga espera a expensas de que se produzca un nuevo salto cualitativo que haga despertar las centenares de miles de conciencias que a día de hoy se encuentran un tanto aletargadas.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que va a ocurrir de aquí al horizonte 2050, pero vistos los dilatados, y hasta el momento estéríles, prolegómenos del artefacto político conocido como Nuevo Estatus, mucho me temo que más que estallidos revolucionarios se produzcan en el periodo reseñado serios retrocesos en el grado de soberanía del que vaya a disfrutar el pueblo vacsonavarro. De todos modos, siempre nos quedará la esperanza de que nuestros nietos hallen la respuesta adecuada, al modo en que lo hizo en su momento la generación del 58, y conteste colectivamente a la pregunta retórica: "Y ahora ¿qué hacemos? ⧫ 

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