La calle está que arde. La situación social es
alarmante. La preocupación principal es la economía. La crisis lo
acapara casi todo. El desempleo registra cifras inaguantables. Los
desahucios se multiplican. Una buena parte de la población atraviesa
dificultades. Los recortes en sanidad, educación y servicios sociales
son palpables. La corrupción se extiende, en especial en la clase
política. Una de las principales instituciones financieras del país, la
CAN, ha desaparecido.
El complicado panorama se agrava si tenemos en cuenta que Euskal
Herria sigue siendo una nación sin estado, lo que dificulta la posesión
de las herramientas imprescindibles para atajar la crisis económica,
social y política que vivimos. Nadie puede asegurar que la situación
sería hoy mejor si Euskal Herria fuese un estado independiente, pero sí
que se puede afirmar que de serlo dispondría de mejores y mayor número
de herramientas para afrontar esta situación de alarma social que
padecemos.
Desde ciertos sectores se ha teorizado en los últimos tiempos sobre
un independentismo basado en que a España le va muy mal económicamente.
Por ello apuestan por la separación. Que se hundan ellos solos, los
españoles, se dice desde algunos foros. Este tipo de argumentaciones,
una especie de independentismo de los ricos, se puede convertir en un
peligroso obstáculo para el desarrollo de un soberanismo progresista en
nuestro pueblo. Si el argumento central para lograr la independencia del
Estado español -porque al Estado francés ni se le cita- se basa
exclusivamente en disfrutar de mejores índices económicos, estamos
apañados.
El independentismo debe basar su argumentario en valores más sólidos
que la mera riqueza económica. El Estado de Euskal Herria es viable
económicamente, no hay duda, pero nadie puede afirmar que la mera
independencia traerá como por ensalmo una mayor calidad de vida. Un
independentista serio debería preferir vivir de forma soberana, aunque
fuera con un menor nivel de vida que el que disfruta en la actual
situación de dependencia. El independentismo significa básicamente
libertad, amén de identidad, cultura propia, lengua y una serie de
valores intangibles, pero que están ahí, presentes en nuestra vida
cotidiana. Pero sobre todo significa capacidad de organizarse de forma
autónoma, de disponer y gobernar los bienes materiales e inmateriales
del país, de estructurar este ordenando su territorio, de dotarle de un
organigrama institucional propio, etcétera.
Para llegar a ese estadio es necesario poner
previamente en marcha un movimiento soberanista de amplia base que
aglutine a las mayorías sociales del país, que se muestre atractivo a
las clases trabajadoras, a los profesionales, a los autónomos y
cooperativistas e incluso a pequeños empresarios. Un soberanismo de raíz
social, que disponga del reclamo suficiente para que se incorporen a
sus filas sectores que hoy por hoy no son soberanistas, pero que en el
futuro, en un ejercicio de pragmatismo, pueden otorgar su confianza a un
movimiento que presente alternativas razonables al actual caos
socioeconómico generado por la crisis.
Un entente soberanista que apuntale las conquistas sociales
arrancadas por la clase obrera a lo largo del siglo XX. Que coloque en
el centro de su accionar el concepto de interés público sobre el de
interés privado. Que abogue por la existencia de una banca pública al
servicio del desarrollo sostenible del país, ajena a los desahucios y
facilitadora de financiación a familias y pymes.
Un soberanismo que blinde el sistema público de salud y servicios
sociales ante los recortes, las subcontratas, las privatizaciones y las
reducciones de personal. Que construya un sistema público de enseñanza
al servicio de las mayorías, no elitista, con igualdad de oportunidades,
en contacto con la realidad laboral del país sí, pero capaz de
reflexionar y aportar desde su corpus universitario.
Un soberanismo que asuma la solidaridad como un valor imprescindible,
atendiendo las necesidades primarias de los que peor lo están pasando.
Un estado serio no puede delegar en las organizaciones no
gubernamentales, especialmente en las cristianas, la dieta básica
alimenticia de los sectores desestructurados por la crisis económica y
el desempleo. Tiene que asumir esas funciones por sí mismo, sin
importunar por ello la colaboración con esos agentes de la sociedad
civil, que deben actuar de forma complementaria.
Un soberanismo social que en la mesa de disputa
entre empresarios y trabajadores no adopte siempre las posturas más
favorables a los intereses de los primeros, sino que proteja y ayude a
desarrollar las iniciativas de los sindicatos obreros, organizaciones
imprescindibles para el buen funcionamiento de una sociedad democrática
avanzada. Un soberanismo que se preocupe por la suerte de los más
débiles, los niños y los ancianos, facilitando la atención a sus
necesidades educativas y a su autonomía personal respectivamente, y que
acabe con los privilegios de clase a la hora de implantar políticas
fiscales progresistas, igualitarias y en definitiva más justas.
Solo un soberanismo que ataque las razones profundas
que originan la actual desigualdad social, que contribuya a reducir en
la medida de lo posible el desempleo y la exclusión social y que ponga
en valor las herramientas necesarias para un más profundo reparto de la
riqueza, puede aspirar a ser mayoritario. Y tan solo aglutinando a la
mayoría social del país se podrá permitir dar los pasos necesarios para
forzar, ante los responsables de los estados español y francés, las
medidas legales que garanticen la protección del derecho a decidir. Es
decir, nuestro derecho a disponer de un estado propio, soberano, que
mantenga relaciones con los estados vecinos en pie de igualdad, sin más
cortapisas.
Si los sectores más directamente implicados en la vertebración de ese
soberanismo social y mayoritario son capaces de erigir ese árbol y
situarlo en el centro del escenario político vasco, estoy seguro que sus
frondosas ramas conseguirán introducirse en sectores hasta ahora
refractarios a las ofertas políticas abertzales. Hablo de personas que
se mueven en ámbitos electorales del socialismo o el comunismo de ámbito
estatal, en espacios sindicales de progreso, en el asociacionismo sin
ánimo de lucro, en los grupos de afectados por la crisis, entre los
indignados de diferente procedencia, en resumen, en el amplio campo de
juego que se puede definir como las izquierdas, sean estas moderadas o
de tendencias más transformadoras.
No se trata, en todo caso, de limitarse a proclamar una declaración
de buenas intenciones, sino de ir demostrando, día a día, que existen
alternativas a las políticas económicas y sociales diseñadas desde
Bruselas, asumidas por Madrid y París, y que suelen ser reproducidas,
con ciertos matices, por los diversos ejecutivos autonómicos que nos
gobiernan. Un ciudadano, abatido por las difíciles circunstancias que
está sufriendo, puede caer presa de la melancolía, pero un pueblo entero
no se lo puede permitir, tiene que organizarse y responder.
En los últimos meses ha surgido en Portugal el movimiento espontáneo
«Que se lixe a troika» (que le jodan a la troika), que reclama la
soberanía del pueblo portugués frente a Bruselas, cuyos componentes
acuden a parlamentos, ayuntamientos y otros lugares públicos a
interrumpir los discursos de las autoridades mediante el canto del himno
de la Revolución de los claveles de 1974 «Grandola vila morena». El
verso más profundo de la canción de José Zeca Afonso dice: «O povo é
quem mais ordena» (el pueblo es quien más ordena). Y es que un pueblo,
si se organiza y asume unos objetivos claros basados en la igualdad, en
la decencia y en la defensa de su soberanía puede cambiar cualquier
situación, por desesperada que nos pueda llegar a parecer. Ahí viene
mayo para empezar a demostrarlo.
- Artículo publicado en Gara [2013-4-21]