La aguda crisis económica que padecemos, pese a que contribuye a aumentar el grado de pesimismo de la población, puede deparar algunas enseñanzas positivas. Es en momentos como el actual, en los que parece que todo se viene abajo, cuando suelen surgir oportunidades insospechadas.
Es evidente que la crisis, primero financiera, luego inmobiliaria, posteriormente bancaria y por fin, global, va para largo. No se trata de un simple constipado sino de una verdadera neumonía. Y el culpable no es el ciudadano de a pie, el trabajador, el desempleado, el inmigrante, sino el propio capitalismo. Es el sistema económico vigente, basado en la búsqueda del mayor beneficio en el menor tiempo posible, el que nos ha llevado a esta situación.
¿Qué ocurre? Que la mayoría de las presuntas soluciones a la crisis obvian esa circunstancia y se centran en intentar recomponer las estructuras enfermas del capitalismo. Los ciudadanos nos vemos inundados por conceptos etéreos como prima de riesgo, diferencial de deuda, fondo de rescate, memorandum, pacto fiscal, etcétera. Conceptos que disfrazan la verdadera naturaleza de lo que ha venido ocurriendo. En resumen, los sectores más avanzados del capitalismo financiero han nadado en un mar especulativo hasta que se han quedado sin agua. En ese momento, para evitar males mayores, han intervenido los poderes públicos, subsidiarios de aquellos, con el fin de reponer la liquidez perdida en operaciones bursátiles de alto riesgo o en el robo descarado, como ha sido el caso del sector del ladrillo.
Los culpables de la crisis son bien conocidos. En primer lugar, los grandes poderes financieros internacionales, los mercados de bolsa, las agencias de calificación y el entramado institucional que les asiste, léase FMI, Banco Mundial, etc. En segundo lugar las instituciones
"democráticas" que cumplen los dictámenes emanados desde el seno de los primeros: Banco Central Europeo, bancos centrales de los estados de la UE, Unión Europea, parlamentos, gobiernos, etcétera.
Conviene recordar ahora las palabras del ex presidente francés Nicolás Sarkozy al inicio de la crisis: "Hay que refundar el capitalismo". La mayoría de lectores estimará que fue una
boutade más del político francés. Nada más ajeno a la realidad. Estamos asistiendo, con notable despiste general, a una verdadera refundación del capitalismo. Un sistema económico que se reinventa a sí mismo, reventando los diques del pretendido estado social del bienestar, adelgazando hasta el mínimo soportable el sector económico público, jibarizando la sanidad, la educación y los servicios sociales comunitarios y de propiedad pública, reduciendo al mínimo el sistema público de pensiones. En fin, ampliando las bases de actuación de la economía neoliberal, desmontando lo poco que queda del antiguo estado socialdemócrata, incluidos los sindicatos de clase, y forzando una derrota histórica al movimiento obrero europeo.
Que nadie piense que una vez acabada la crisis todo volverá a su cauce. Ese es el gran error. Ya nada será igual. Sí, por supuesto que el PIB crecerá, los salarios dejarán de disminuir y se incrementarán débilmente y el desempleo se reducirá hasta límites más digeribles. Pero la operación de cirugía ejercida por los mejores bisturíes del neocapitalismo habrá dejado irreconocible al estado social del que hemos venido "
disfrutando" hasta ahora.
Apuntará el lector más agudo que al inicio de este
azogue hablaba de oportunidades. Las hay, es cierto. La crisis, por ejemplo, ha puesto en evidencia la fragilidad de proyectos políticos como el de la autonomía uniprovincial navarra comandada por UPN. Con la CAN desaparecida, el IVA de Volkswagen pagado por Madrid para evitar la quiebra foral y el Gobierno de Barcina en precario, se presenta una oportunidad de darle vuelta al calcetín navarrista.
A la vez, presenciamos el ascenso del bloque soberanista. Un espacio en expansión que debe convencer a la mayoría social de nuestro país de la necesidad de construir un autogobierno basado en la honradez, la ausencia de corrupción y clientelismo, el ecologismo social, el fortalecimiento de lo público sobre lo privado y la búsqueda de alternativas al voraz capitalismo que todo lo destruye.
Si Euskal Herria se dota de un bloque de progreso con vocación mayoritaria que ponga freno a tanto desmán, es posible lograr una salida a la crisis cualitativamente mejor a la de los vecinos del norte y del sur. Una salida que prime el bienestar de los ciudadanos sobre la codicia de empresarios y banqueros y ponga en lugar preferente el interés comunal sobre el afán de ganancia privado.