Todo indica que Fagor Electrodomésticos, heredera de Ulgor, cooperativa fundacional de lo que hoy conocemos como Corporación Mondragón, se encamina a su cierre total y definitivo. El grupo cooperativo, que inyectó 70 millones de euros en la empresa el pasado verano, no quiere seguir manteniéndola con respiración asistida y ha decidido cortar el cable. Una medida traumática que trasciende al caso puntual de Fagor y crea un precedente cara al futuro. Una de las características básicas del cooperativismo queda aparcada en aras del realismo económico y de una supuesta eficiencia.
Cuando un cuerpo sangra por uno de sus órganos, la cabeza ordena despojarse del mismo para mantener sano el resto. Es lo que parece haber sopesado la cúpula de Mondragón. Suena duro, pero tal vez sea la mejor solución. Sin embargo, lo que a medio plazo puede resultar positivo, lleva aparejadas algunas variables preocupantes. La caída de Fagor Electrodomésticos puede endosar serios problemas añadidos a entidades de la Corporación como Lagun Aro EPSV y Laboral Kutxa. Tal vez lo más acertado hubiera sido operar el miembro dañado, con un bisturí bien afilado, pero salvando las líneas rentables y todo el empleo posible. No ha podido ser.