2019/03/21

Las incoherencias de Domingo Arriola

Una vez que la novela se da a la imprenta, el autor se desentiende de ella, la considera algo del pasado, incluso ajeno a su propia acción. Lo que motiva al autor es lo que está escribiendo en ese momento, otra novela, un dietario, un artículo de prensa, lo que sea, pero no la novela editada que asoma en los escaparates de las librerías.

Es el lector quien toma el relevo del autor y al leer las páginas de la novela, al enfrentarse con los personajes, quien insufla de vida al texto, quien lo concreta, quien le pone rostro y vestimenta al protagonista. El libro es ya tarea del lector (y en su caso del crítico literario, que es un lector avezado). El autor del texto ya no tiene ninguna tarea respecto al mismo, salvo la de presentarlo al público, como ahora me corresponde a mí hacer. 

Ahora bien, el autor es quien pone los raíles por donde debe circular el ferrocarril y en ese sentido tiene que hacer lo posible para permitir que el lector tome parte en el juego. Es por ello que prefiero los personajes ambiguos y los finales abiertos. La escala de grises en vez del blanco y negro. Nadie es bueno-buenísimo, ni malo-malísimo, sino que tiene fases en uno u otro sentido, por lo tanto hay que dar pie a que surjan los matices.


En cuanto a los finales, hay teorías para todos los gustos, pero yo prefiero que dejen una parte de la decisión al lector, que este se imagine su propio final, optando por una u otra posibilidad. Los finales perfectos, en los que se desgranan en una amplia escena coral todos los detalles, resultan previsibles y aburridos. Estamos manejando literatura, no ciencias exactas. Y en la vida real las cosas no suceden de ese modo, siempre quedan piezas sin encajar. En todos los casos.

Y entrando ya en “Mal de manos”, que es de lo que se trata, he de decir que, entre otras cosas, es un intento de retratar las miserias humanas, de reflejar un tiempo pasado en el que la mayor parte de nosotros fuimos gente corriente. Hubo muchos menos héroes de los que nos hubiera gustado y muchos más villanos de los que hubiéramos deseado. El franquismo sociológico no es un eslogan para salir del paso, sino una realidad que existió, también en Euskal Herria.

Y es en esa realidad donde se mueve el protagonista, Domingo Arriola, un deportista profesional al que le gusta vivir bien y no meterse en problemas, pero al que su incoherencia le llevará de un lado al otro, sin un rumbo claro, para acabar siendo víctima de sus contradicciones.

El libro tiene como telón de fondo el mundo de la pelota, pero podía haber elegido cualquier otro escenario. No es un libro sobre pelota, de la que no soy entendido, sino un libro en el que se cuenta la historia de un hombre, una historia absolutamente de ficción, que nada tiene que ver con personajes existentes. Sin embargo, que todo sea inventado no quiere decir que no sea real, porque personajes y situaciones están sacados, o han sido imaginados, en contraste con nuestra realidad, no con un mundo ficticio e inimaginable. A veces la pura ficción es la que mejor refleja la realidad que nos rodea.

Me reprochaba cariñosamente el editor alguna incoherencia del libro y yo le contesto: benditas sean las incoherencias. Por pura casualidad he topado estos días con un breve texto de Primo Levi en el que aborda el tema de forma, a mi modo de ver, magistral. Levi afirma que “El personaje demasiado coherente es previsible, es decir, aburrido: no tiene arrebatos, está programado, carece de albedrío. Debe ser incoherente como lo somos todos, cambiar de humor, equivocarse, perderse, crecer de página en página, o apagarse: si permanece igual a sí mismo no será el simulacro de una criatura, sino el simulacro de una estatua, eso es, un doble simulacro”.

Y Domingo Arriola es incoherente hasta con su propia incoherencia. Va dando tumbos, se deja manipular por su tío, por el empresario del frontón, por los integrantes de la cuadrilla de los Cuatroele, abandona a los que más cerca estaban de sus vivencias, intenta luego vengarse de los amigos que han caído en el camino, justo el que no había tomado, sino el contrario, el del compromiso.

Pero en su incoherencia reside su atractivo, y aunque no quiero desvelar el final de Arriola, puede suceder que, en definitiva, y pese a sus bandazos, en el fondo haya sido una persona coherente, que en el momento decisivo estuvo a la altura de lo que se le habría exigido desde una postura coherente. Y ahí lo dejo. 

[Texto de presentación de la novela "Mal de manos" en la librería Elkar de Donostia. 2019-03-13]

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