El ilusionismo trata de hacer ver lo que no es, o, mejor dicho, de ocultar los hilos que mueven la realidad. Normalmente se refiere a un espectáculo de entretenimiento que se ofrece en salas de fiestas, teatros y programas de televisión. Incluso se puede hacer ilusionismo desde la radio, si lo sabrán tantos y tantos abnegados tertulianos en esas mañanas tontas en las que no hay noticia que llevarse a la boca.
Pero aquí nos vamos a referir a otro tipo de ilusionismo, el que afecta al resbaladizo terreno de la política. Un ilusionismo que consiste en poner delante de los ojos del público, previamente dispuesto a dejarse engañar, una serie de efectos visuales, en apariencia fantásticos, que no son sino meros trucos de profesional avezado en esas artes ilusionistas, a veces calificadas de mágicas.