2016/11/10

Defensa del común

¿Nos encontramos ante el fin de las ideologías como han pregonado durante estos años algunos intelectuales modernos? ¿O asistimos al definitivo desplome de la izquierda política, como alternativa al capitalismo liberal dominante? ¿Las dos cosas a la vez? Da la impresión de que la batalla de las ideas, incluso la del lenguaje, están siendo perdidas por las fuerzas que, al menos en teoría, intentan cambiar el estatus quo. No obstante alguna esperanza queda tras leer el reciente artículo del secretario general del sindicato ELA, Txiki Muñoz.

La izquierda, en su afán por ocupar espacios limítrofes con la derecha, puede acabar sustituyendo a ésta, pero haciendo idénticas políticas. Entonces, ¿para que se necesita realizar ese viaje? Una izquierda timorata, sin agenda social, incapaz de marcar una estrategia decidida hacia la hegemonía cultural y social no tiene sentido.

Porque de lo que se trata, al fin y al cabo, es de aspirar a representar a la mayoría de la población. Pero no por el mero afán de representarla, sino con el objetivo de cambiar las actuales políticas neoliberales y sustituirlas por otras en las que lo prioritario sea la defensa del común. Habrá que dejar de utilizar los eufemismos que disfrazan la realidad y diferenciar lo público de lo privado. El interés de las mayorías del interés de unos pocos. Conseguir que el lehendakari de turno, llámese Juanjo o Iñigo, asista a menos encuentros empresariales y a más reuniones con los interlocutores del mundo laboral, los que se han venido llamando trabajadores, con perdón.

Nos encontramos con ofensivas ideológicas de largo alcance que sustentan la cultura empresarial, del emprendedor, del hombre echo a sí mismo. Ofensivas que tan solo pretenden arrinconar las ideas socialistas y comunales, dejando todo el poder de decisión en unas minorías capitalistas, las únicas que reciben elogios por parte de las distintas administraciones públicas.



Ante ello, la izquierda política y social se encuentra agarrotada, falta de ideas, acomplejada tal vez por no comulgar con las líneas mayoritarias de pensamiento que se reflejan a diario en los media. Pero la izquierda no ha sido nunca sujeto de complejos, sino al contrario, sujeto de iniciativas, de propuestas, de palabras y de hechos tendentes a transformar una sociedad que no nos gusta.

La izquierda tiene que tener como objetivo alcanzar esa hegemonía, la tiene que ir construyendo para ofrecer una alternativa a la derecha realmente operante. Y digo alternativa y no alternancia, porque si la máxima aspiración de la izquierda es alternar en el poder con la derecha, acabará siendo una simple muleta de ésta, como ahora se ha visto en el caso del Partido Socialista Español. 

Representar un papel secundario en la obra puede ser muy digno, pero no es lo que se espera de un sujeto político que ha hablado sin complejos de revolución. Tal vez ahora no sea el momento de utilizar un lenguaje excesivamente acerado, estamos en otros tiempos, pero al final siempre se trata de lo mismo. Es decir, se trata de ellos o de nosotros. Resulta vergonzoso que a estas alturas nos cueste utilizar conceptos como lucha de clases, hasta los sindicatos los han abandonado para centrarse en la política fiscal, pero lo cierto es que siguen existiendo clases, que las derechas de todo el planeta están a la ofensiva, sin complejo alguno -véase Trump- y que mientras, las izquierdas se pliegan cada vez más al estatus quo. Hasta quienes parecían más audaces -léase Tsipras- han acabado hincando la rodilla.

La defensa de lo común, de la seguridad social, de las pensiones, la educación y la sanidad públicas, de las ayudas sociales a los más necesitados, es una obligación de la izquierda, de todas las izquierdas políticas y sociales. Pero no basta con eso, porque la mejor defensa de ese programa de lo común sobre lo privado es acceder a los resortes de poder gubernamentales y desde ahí ir desmontando, pieza a pieza, la actual deriva neoliberal.

Estekak:

Oposición política al neoliberalismo vasco - Adolfo Muñoz Txiki 

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